El resto del relato lo iré subiendo en tanto lo vaya transcribiendo; pero me complace decir que ya está terminado. Espero que al final este alcance 4 partes de más o menos la misma extensión, aunque pienso hacerle algunas modificaciones en el proceso de transcripción que pueden extenderlo un poco más. De antemano agradezco a Hugo Fernando Alegría por su colaboración durante el proceso de gestación del relato, por las diversas ideas que aportó y su opinión sobre las mías.
Sin más, los dejo con mi última creación; espero que la disfruten.
Un pequeño pie mugriento pisa el barro negro, las últimas piedras del camino marcan su final. Si hay tierra que pueda volver a ser virgen, es esta.
Su existencia arapienta y empapada, no sólo por la inclemencia de la lluvia, sino por los embates de su soledad, se posa unos segundos casi eternos frente a los matorrales que ocultan lo alguna vez conocido. En tiempos lejanos, al son de la distante marcha del Kolymá, la zona había sustentado un campamento de guerra.
Su cabello, dorado y bellamente rizado bajo el sol, pero café y liso por la lluvia, se pegaba a su sucio rostro. Sus aventureros ojos azules intentaban penetrar la verde frondosidad de la maleza. Su fértil curiosidad la arrastraba en su viaje sin rumbo. Avanzó con tímidos pasos y con sus manitas alejó las plantas que le obstaculizaban, haciendo camino al andar.
Se acercaba el invierno, eso fue lo único que pudo obtener de la apartada aldea siberiana que no le guardó piedad alguna, donde fue tratada cual Justine y expulsada por mendicante. A sus cortos pero ignorados años, sin noción alguna del tiempo que había pasado en forma de kilómetros bajo sus pies, sucios y desgastados, ya conocía casi todo lo que esta sociedad en descomposición tenía para ofrecerle. Con gran dignidad entonces pisó el otro lado de los matorrales, su primera huella marcaba la “restauración” del órden que la humanidad suponía debía imperar sobre la naturaleza; “Novus Ordo Seclorum”, alguien dijo inspirado por los versos del poeta romano Virgilio. Sin religión, sin ley, sin destino, la pequeña era una limpia, mas elusiva, pizarra.
Su determinación, pues, la llevó a la cima de una baja colina que rodea como un aro protector a un valle muerto, y en el centro de este valle estaba la visión que llenó sus ojos de lágrimas, las cuales rodaron por sus pecosas mejillas y se fundieron en el agua que lavaba su rostro sucio. Las tres edificaciones que descansaban al fondo se encontraban casi intactas por fuera, sus paredes de ladrillo parecían no haber sido tocadas por el odioso tiempo. Una de ellas guardaba bajo su techo dos vehículos de tiempos de guerra; uno de ellos, un pequeño transporte de carga, yacía casi totalmente desmantelado. El otro, un transporte de tropas en el que se reconocía claramente la estrella roja del ejército soviético, parecía listo y espectante de un nuevo llamado a combatir. Una vagamente reconocible pista llevaba hasta el otro extremo del valle y, a mitad de camino, una rudimentaria torre de control; pero no había ningún avión a la vista.
El último de los edificios era el más grande; desde la humilde altura de la colina podía identificar su forma de “L”. Uno de sus extremos miraba hacia el garaje mientras que el otro, la parte más larga de la letra, se alejaba de la pista y llegaba casi al extremo derecho del valle, visto desde su posición. Allí decidió dirigirse con la mayor prisa.
2 ondas:
Pues ciertamente cautiva y la calidad de la narración es de las grandes ligas, jej.Espero la siguiente entrada para ver hacia donde apunta esta historia.
Un saludo, A.M.A. y me alegro que te haya gustado el librito y particularmente el cuento del indio Novimohk. Un saludo enorme.
Gracias por el comentario, camarada. Ahora me pondré a transcribir la siguiente parte, así que pronto podrás leerla.
Un gran abrazo.
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