Llegando a la entrada del edificio pudo ver el resto de los objetos que se encontraban bajo el techo del garaje, cajas de madera podrida que alguna vez protegieron las oxidadas armas e inservibles municiones en su interior. Sin darles mayor importancia empujó el portón doble de madera de pino que era la entrada principal del edificio.
Frente a sus ojos se extendió un oscuro piso de madera semidescompuesta; lo que inicialmente pareció una construcción de dos plantas se revelaba ahora como una de alto techado, casi cinco metros, si sus ojos aún pobremente acostumbrados a la penumbra no le engañaban. Su primera reacción, pues, fue buscar alguna fuente de luz. Una corta observación no reveló lámparas o linternas, así que decidió probar suerte con el interruptor que se encontraba al lado de una caja metálica empotrada en una columna justo frente a la puerta; para su sorpresa, aún funcionaba.
Consciente de que en su ignorancia había muchas cosas que no podría explicar, avanzó cautelosamente, tratando de no dar un paso en falso que pudiese terminar en algún mal indeseado. La madera del suelo, que algunas veces crujía y otras se hundía bajo la presión de sus pisadas, era un riesgo con el que estaba dispuesta a lidiar. En su caminar por el refugio abandonado vio un comedor, una sala llena de sillas y un proyector de acetatos, una cocina grande de donde tomó una pequeña olla tras asegurarse que las estúfas no funcionaban, varias oficinas, una habitación llena de radios, un gran almacén y dos habitaciones colmadas de literas, de las cuales sólo tres se encontraban en estado aceptable; el resto parecían haber sido incineradas. En el almacén buscó esperanzada algo de comer que hubiese soportado el abandono; pero sus ilusiones fueron frustradas por la realidad. Únicamente encontró hongos y una colonia de ratas, además de un yesquero que podría serle de utilidad.
Dispuesta a no dejarse morir de hambre tomó el artefacto, algunos hongos y buscando en el nido de las alimañas encontró varias crías. Para su primera comida en días, mientras cesaba la tormenta y podía buscar algo menos repugnante, no estaba mal. En su soledad era mejor vivir como una bestiecilla, así que, ignorando el comedor, fue directo hasta las literas. Allí preparó una de las que no habían sido quemadas para funcionar como fogata, aislada del suelo de madera y favorecida por dos ventanas abiertas posicionadas casi a la altura del techo. Otra la usaría como comfortable cama; aún cuando no había sido fabricada para ser comfortable.
Las diminutas y rosadas alimañas chillaron al fuego hasta su pronta muerte, junto a los hongos que coció usando el agua de su cabello y la olla que recuperó de la cocina, fueron suficientes para dejarla satisfecha, si no con un ligero sentimiento de autocompasión. Luego se echó a dormir tras apagar el fuego.
2 ondas:
Brrr....
No he sentido más que pena y tristeza por lo narrado. Pinta para algo bastante interesante, camarada.
Un saludo y espero ansioso la 3era entrega.
Gracias, camarada.
Aún faltan otros tres, así que como te imaginarás, las cosas se tornarán un poco más interesantes; aunque no sé si eso signifique "buenas".
Saludos y un gran abrazo.
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