01/11/2010

La hechicera y el Daimon

Echó un pote de mermelada de frambuesa, un bombón y una cereza; luego, al son de un Szopen, danzó volando con brincos y giros al rededor del caldero de colores. La energía cósmica que emanaba del lugar atrajo una banda de duendes que tocaba una gigante armónica y, con ellos, a un supuesto poeta que en realidad era un Daimón.

La hechicera bailarina saltaba y saltaba al rededor de su caldero, mientras los humos de arco-iris volaban desde su interior hasta la nariz del Daimón, quien pronto cayó en el embrujo y se fue enamorando sin saber. Uno, dos, tres brincos mas de la hechicera y el Daimón ya avanzaba entre los duendes, quienes tocaban más frenéticamente su armónica gigante, cantando su poesía.

Con sus patas de cabra comenzó a brincar de desesperación el Daimón, pues su amada hechicera no le prestaba atención. "Mi dama! Mi dama!" rugía alterado, "Te profeso un amor tan sincero que traera paz a estas tierras que son mías! No mas travesuras, no mas peleas, por tus besos unire todas las aldeas!"; pero la hechicera seguía saltando y volando con sus alas de mariposa.

El Daimón corrió pues gritando sus rimas a los vientos del norte, del sur, del este y el oeste. Sus cantos anunciaban paz y amor para todas sus tierras, no mas travesuras, no mas peleas, el Daimón unía ahora a todas las aldeas. El tiempo transcurría, los días, los meses, y la hechicera bailaba y saltaba en medio de sus humos arco-iris, viendo los viajes de su amado desde su caldero.

Un año después el Daimón regresaba ya de su larga travesía, ya todas las aldeas de sus tierras estaban unidas en paz y armonía; pero su amada no estaba junto a su caldero! En medio de su dolor el Daimón escuchó la noticia de los duendes y su armonica gigante, enterándose así de que la hechicera había partido en el arco-iris de su caldero para nunca mas volver.

Lejos de las tierras de su Daimón, volando sobre el arco-iris de energía cósmica, se encontraba la hechicera buscando de nuevo el amor. Entre las nubes miraba hacia el infinito rojo del océano de cerezas; pero nunca se dio cuenta de que detrás de ella, saltando con sus patas de cabra al son de la música de los duendes de la armónica gigante, iba el Daimón, intentando alcanzarla para robarse su corazón.